Una conferencia presentada en la Universidad Iberoamericana (UNIBE), en el marco de la VI Feria Internacional del Libro Infantil y Juvenil de Santo Domingo (FEILIJ), puso el foco sobre un problema que trasciende la promoción de la lectura: la capacidad de los adultos para definir qué libros llegan a los niños y cuáles son apartados. El planteamiento parte de una constatación central: la literatura infantil circula bajo una tutela intensa en la que intervienen familias, docentes, centros educativos, bibliotecarios, mediadores de lectura, gestores culturales y autoridades curriculares.
El texto recuerda que antes de llegar a las manos de un niño, un libro atraviesa una cadena de decisiones en la que no solo se recomienda o se compra, sino que también se selecciona, se descarta, se retira y, en determinados casos, se censura o se prohíbe. La referencia a obras que en distintos momentos fueron objeto de censura, entre ellas El Principito, refuerza el contraste entre la idea de protección y el riesgo de impedir el acceso a lecturas por criterios que no siempre quedan claros.
Aunque se reconoce que no toda selección equivale a censura y que existen razones legítimas vinculadas a la etapa de desarrollo, la calidad de las obras o las limitaciones de acceso, la advertencia de fondo apunta a la falta de escrutinio sobre cómo se toman esas decisiones. La pregunta, según la exposición, ya no es solo quién decide lo que leen los niños, sino con qué criterios lo hace, un debate que abre una alerta institucional sobre la necesidad de fiscalizar mejor los filtros que condicionan el acceso a la lectura desde la infancia.
