En la ruta que conduce a destinos como Bahía de las Águilas, el río San Rafael o el Palmar de Ocoa, los turistas que cada año recorren el Sur dominicano se topan con una escena menos promocional y más elocuente: decenas de puestos de venta de uvas a la orilla de la carretera en el cruce de Vicente Noble. Entre vehículos que aminoran la marcha y ventanillas que se abren para comprar, se sostiene una actividad que mezcla tradición, sustento familiar y una economía apoyada en el trabajo informal de comerciantes que dependen del flujo de visitantes.
Uno de ellos es Taury Matos, comerciante de Barahona que desde hace 13 años atiende un puesto cuya historia supera las dos décadas y que antes pertenecía a su esposa, Johanna. Ambos continúan vendiendo uvas, vinos artesanales, dulces, manzanas, semillas de cajuil y plátanos. “Hay que vender de todo”, dice Matos, en una frase que resume la necesidad de diversificar para mantener el negocio. En otro punto de venta, Ociry Encarnación atiende clientes todos los días de la semana con racimos de uvas, botellas de vino artesanal, miel de abeja, melaza y dulces típicos elaborados en la zona.
Las uvas que se venden llegan desde Boquerón, en Barahona, una producción que, según el Instituto Nacional de Uva (Inuva), alcanza al menos 7,000 quintales al año en variedades como criolla negra, french colombard, red globe y black magic. El dinamismo comercial confirma el peso productivo de la región, pero también deja ver un contraste persistente: buena parte de esa identidad económica sigue dependiendo de ventas al borde de la carretera, una realidad que obliga a mirar más allá del relato turístico y a poner el foco en la necesidad de fiscalización y seguimiento sobre cómo se traduce esa actividad en condiciones estables para quienes la sostienen.
