La discusión sobre crecimiento económico en República Dominicana deja un contraste incómodo: no basta con exhibir expansión si cada hora de trabajo sigue generando menos valor del que el país necesita para avanzar más rápido. El propio diagnóstico apunta a que el desarrollo de largo plazo depende de productividad, disciplina laboral, capital humano, tecnología, capital físico y calidad institucional, factores en los que el país sigue por debajo de referentes como Corea del Sur y Singapur.
Aunque República Dominicana ha mantenido un crecimiento histórico cercano al 5 %, el texto advierte que ese desempeño queda lejos de las tasas extraordinarias y sostenidas que permitieron a otras economías multiplicar su PIB per cápita más de veinte veces en una generación. La alerta institucional aparece en los espacios donde el mínimo esfuerzo todavía se tolera o incluso se premia: partes del sector público, la educación pública, la alta informalidad laboral, situada alrededor del 54 %, y algunos mercados con poca competencia.
Ese rezago no es abstracto. Tiene un costo social concreto en menor competitividad, más dificultades para elevar la productividad y salarios que avanzan más lento de lo deseado. Bajo ese cuadro, el debate deja de ser retórico y pasa a exigir fiscalización sobre las reglas, los incentivos y la meritocracia real que hoy no terminan de corregir una brecha entre el discurso del crecimiento y la calidad del desarrollo.
