La muerte de Nancy Sánchez Gálvez de Vallejo en el hospital Darío Contreras volvió a poner en primer plano la violencia que muchas mujeres enfrentan en silencio antes de un feminicidio. Su familia relató que la víctima vivía bajo un acoso constante por parte de su pareja, marcado —según la madre— por los celos y la vigilancia permanente.
El caso no solo expone el desenlace fatal de una relación violenta, sino también las señales previas que, de acuerdo con el testimonio familiar, rodeaban a la víctima. La denuncia de esa situación obliga a mirar más allá del hecho consumado y a preguntar qué mecanismos de protección fallaron o no llegaron a tiempo.
En paralelo, otra mujer continúa ingresada en la unidad de cuidados intensivos tras la balacera, lo que evidencia la gravedad del episodio y sus consecuencias para más de una persona. El hecho deja además interrogantes sobre la respuesta institucional ante situaciones de riesgo que suelen escalar hasta la tragedia.
Aunque la familia ha puesto el foco en el acoso y el temor que acompañaban a Nancy Sánchez Gálvez de Vallejo, el caso también exige seguimiento judicial y esclarecimiento de responsabilidades. En hechos como este, la atención pública no puede detenerse en la conmoción inicial: corresponde determinar qué ocurrió, cómo se llegó a este punto y qué medidas concretas pueden evitar que se repita.
