La universidad contemporánea continúa en pie: levanta edificios, entrega títulos, produce investigaciones y celebra graduaciones. Sin embargo, el diagnóstico que plantea el texto apunta a una fractura más honda: la institución sigue funcionando mientras se desvanece la razón que la convirtió en un eje central. Detrás de esa apariencia de continuidad, se acumulan indicios de una transformación que el autor presenta como difícil de revertir.
A lo largo de los siglos XIX y XX, la universidad reunió poder intelectual, económico y simbólico como espacio de formación, legitimación profesional e innovación. Esa estructura, descrita por Clark Kerr como una «multiversity», respondía a una época en la que el conocimiento era escaso y las sociedades necesitaban concentrar talento. Pero el artículo sostiene que esa lógica tecnológica y económica está desapareciendo, lo que sitúa al modelo tradicional en una fase terminal.
La advertencia es clara: si la universidad del futuro deja de ser una fábrica de información para convertirse en una fábrica de criterio, el debate ya no puede limitarse a conservar estructuras heredadas. El señalamiento abre además una exigencia de fiscalización sobre la capacidad real de las instituciones para adaptarse, rendir cuentas de su utilidad social y responder a un entorno saturado de inteligencia artificial, en el que pesan menos la memorización y la repetición que el juicio, la interpretación de contextos ambiguos y la formulación de preguntas relevantes.
