Lo que en 2020 se presentó como una ruptura con la forma tradicional de ejercer el poder aparece aquí como una oportunidad perdida. El autor plantea que una generación política que pasó por gobierno, oposición, instituciones, medios y organizaciones sociales recibió un mandato claro de transformación, pero acabó confundiendo esa demanda con acceso a espacios y reparto de poder.
La crítica sostiene que, allí donde la sociedad expresó hartazgo y pidió que el Estado dejara de operar igual, buena parte de esa camada respondió con las mismas lógicas que decía dejar atrás. Pese a contar con herramientas, formación y capacidad para leer la realidad dominicana, ese relevo no construyó una visión propia de país y reprodujo códigos, lealtades y prácticas del pasado.
Así, el desenlace no fue el nacimiento de una etapa política nueva, sino la ocupación de una estructura ya conocida. Esa distancia entre el discurso de renovación y la continuidad en las conductas refuerza, según el artículo, la necesidad de vigilancia pública, rendición de cuentas y una fiscalización más estricta sobre quienes llegaron al poder bajo la bandera del cambio.
