La sociedad taína previa a 1492 corrige una visión reducida: no había un ejército indígena equiparable al europeo del siglo XV, pero tampoco comunidades dispersas y sin defensa. El argumento de fondo apunta a otra realidad: en el espacio histórico que después sería la República Dominicana, el poder, la protección y el control del territorio se apoyaban en una organización capaz de reunir hombres y recursos cuando hacía falta.
A partir de Frank Moya Pons e Irving Rouse, el texto presenta una sociedad articulada en torno al cacique, los nitainos, los bohíques y los naborías. Desde la idea de “capacidad de movilización”, la lectura destaca que el cacique no funcionaba como un jefe militar en sentido moderno, aunque sí como una autoridad que reunía atribuciones políticas, económicas, sociales y ceremoniales. Esa concentración hacía posible convertir la estructura política en una estructura de movilización ante un conflicto.
La conclusión principal es institucional: el poder militar taíno no existía como una esfera separada, sino integrado al poder político del cacicazgo. Más que una mirada arqueológica, el enfoque deja una advertencia vigente sobre la relevancia del mando, la coordinación y el conocimiento del territorio, y abre espacio para una fiscalización más estricta de cualquier discurso de poder que no se traduzca en capacidad real de organización y respuesta.
