La declaración de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) de que República Dominicana salió del llamado “Mapa del Hambre” coloca al país ante un logro relevante, pero también ante una prueba de vigilancia pública: el estándar de “Hambre Cero” no significa que ningún ciudadano pase hambre ocasionalmente ni que hayan desaparecido la pobreza o la desigualdad.
El concepto, ligado al Objetivo de Desarrollo Sostenible número 2 de la ONU, se refiere a que el hambre crónica deje de ser un problema estructural. Para ello, la FAO toma como referencia la prevalencia de la subalimentación y establece que un país sale del Mapa del Hambre cuando ese indicador cae por debajo del 2.5% de la población. Sin embargo, el propio marco internacional va más allá del titular y obliga a mirar otras variables: seguridad alimentaria y nutrición, inseguridad alimentaria moderada o grave, acceso económico a una dieta saludable, desnutrición infantil y retraso en el crecimiento.
Ese contraste entre reconocimiento internacional y realidad social deja una advertencia de fondo: no basta con exhibir un resultado si persisten los desafíos para que la población pueda acceder de manera permanente a alimentos suficientes, con calidad nutricional y sin riesgo de exclusión. Más que una meta para celebrar sin matices, la condición de “Hambre Cero” exige rendición de cuentas constante sobre costo de vida, acceso real y capacidad de sostener el avance sin convertirlo en un simple titular.
