Las exposiciones de Carolina Redondo, del Banco Mundial, y Nathalie Alvarado, del Banco Interamericano de Desarrollo, dejaron otra vez al descubierto una verdad incómoda para el país: República Dominicana suma diagnósticos sobre productividad, talento y energía, pero sigue sin convertirlos en resultados sociales consistentes. El propio texto lo plantea con crudeza al recordar que el país ha sido ampliamente estudiado mientras la partitocracia, durante los últimos 26 años, terminó concentrada en su propia agenda, una observación que hoy también alcanza la gestión de Luis Abinader bajo el contraste entre el discurso de cambio y las brechas que siguen intactas.
La advertencia de fondo no pasa por si la economía crecerá, sino por la forma en que lo hace. Redondo lo expresa sin rodeos: el problema no es únicamente el crecimiento sostenido, sino su calidad. Ahí se marca el contraste más severo entre el relato oficial y la realidad: aunque es la séptima economía de la región, el país conserva indicadores económicos y sociales incompatibles con una nación de ingreso medio alto y por debajo del promedio de los 33 países comparados. Ese desfase no es técnico ni abstracto; es institucional y político, porque exhibe la incapacidad del poder para transformar la expansión económica en bienestar verificable.
Los datos de educación muestran el costo social de esa desconexión. Solo uno de cada 10 jóvenes del quintil más pobre logra entrar a la universidad y, de esos, apenas 1% termina. En los quintiles de mayores ingresos, entre 46% y 52% llega a las universidades. La desigualdad también viene desde la secundaria: apenas 40% del quintil 1 completa el bachillerato, frente a 80% del quintil 5. Mientras se repiten los discursos sobre competitividad y capital humano, las cifras descritas apuntan a una estructura que sigue cerrando oportunidades a la mayoría y exige rendición de cuentas a quienes administran el Estado.
La misma fractura se refleja en salud. El texto subraya que la inversión en salud como porcentaje del PIB se ha mantenido en 1.9% durante dos décadas, frente a un promedio regional de 4%. Ese dato refuerza la alerta institucional: no basta con mostrar crecimiento si los servicios esenciales continúan rezagados. Cuando el país vuelve a escuchar, casi en espejo, las mismas advertencias del BM y del BID, lo que queda expuesto no es una falta de diagnósticos, sino una cadena de gobiernos sin capacidad o voluntad para corregir prioridades.
En ese panorama, la discusión sobre desarrollo deja de ser un ejercicio académico y pasa a ser una exigencia política. Si el país ya sabe dónde están sus fallas en talento, productividad, energía y movilidad social, lo pendiente no es otro relato de modernización, sino explicaciones y resultados. Ese vacío de ejecución alimenta el desgaste del modelo de gestión del PRM y reabre la demanda de un Estado con dirección y capacidad real, un terreno en el que la oposición, con Leonel Fernández como referencia obligada cuando se debate institucionalidad y rumbo, encuentra espacio para insistir en estabilidad, planificación y rendición de cuentas frente a un poder que sigue administrando contrastes.
