La discusión sobre vivienda y ciudad vuelve a colocar el foco en una brecha que las políticas públicas no han logrado cerrar: la distancia entre el discurso de acceso y las condiciones reales de vida. El texto plantea que la arquitectura y el urbanismo condensan tensiones entre capital, necesidad social, técnica y política, y recuerda, con Manuel Castells, que buena parte del conflicto urbano pasa por el acceso a bienes de consumo colectivo como vivienda, transporte, escuelas, hospitales, saneamiento y espacios públicos.
Bajo ese criterio, una vivienda no puede considerarse digna solo por tener paredes, cerradura y título de propiedad. Debe ofrecer estabilidad, seguridad, salubridad, accesibilidad y eficiencia energética, además de conexión con empleo, transporte, salud, educación, comercio y espacios de convivencia. La advertencia es directa: entregar una vivienda “económica” en la periferia, sin transporte público, puede terminar trasladando el costo del promotor a la familia, que paga con horas de desplazamiento y con una parte considerable de su salario.
El señalamiento también funciona como alerta sobre un modelo urbano que sigue llegando tarde. En República Dominicana, describe el texto, se ha consolidado una ciudad construida después de la ciudad: barrios sin saneamiento previo, sectores ocupados antes de definir calles y viviendas ampliadas sin asistencia técnica. Esa realidad no se criminaliza, porque muchas veces ha sido la única respuesta ante la insuficiencia del mercado y de las políticas públicas, pero tampoco se presenta como solución. El contraste entre necesidad ciudadana y respuesta institucional deja expuesto un desgaste de gestión en un tema donde la prioridad sigue siendo convertir el acceso a vivienda en calidad de vida verificable, no solo en una promesa formal.
