La frase de un joven dirigente opositor con cargo electivo —que en su partido solo queda “hacer el trabajo político que se pueda” y esperar a que a quienes deciden todo “se los lleve el tiempo”— retrata algo más que cansancio interno. Expone un deterioro de la vida política en el que la espera sustituye la acción y termina favoreciendo, según el propio texto, a quienes concentran el poder.
El señalamiento no se limita a la falta de acuerdo en la cúpula opositora. También describe una cultura política atravesada por comodidad, grupismos e individualismo, donde la prudencia se convierte en renuncia y el trabajo público pierde capacidad de incidir. En ese escenario, el tiempo deja de ser una salida y pasa a operar como aliado del inmovilismo, mientras el barco político “no avanza” porque cada sector rema por su lado.
La consecuencia institucional es más amplia: en medio de crisis, carencias y desigualdades, la política se vacía de contenido y la ciudadanía termina validando la concentración de poder en vez de exigir resultados y contrapesos. El texto plantea así una alerta sobre el desgaste de la gestión política en sentido general y sobre la distancia entre el discurso democrático y una realidad marcada por pasividad, fragmentación y ausencia de una respuesta común ante las prioridades del país.
