El debate en torno a los combustibles vuelve a poner bajo la lupa la gestión del Gobierno dominicano en materia de precios, impuestos y gasto público. Para algunos expertos y analistas, congelar los precios cuando suben las cotizaciones internacionales no equivale a un subsidio al consumidor, sino a una transferencia a importadores que disminuye la recaudación neta efectiva; por eso, la discusión insiste en cómo se administra ese sacrificio fiscal y qué impacto real tiene para la población.
Esa lectura sostiene que el Gobierno aplica una carga tributaria elevada sobre los combustibles y que, cuando decide no trasladar al consumidor el incremento internacional, usa parte de esas recaudaciones para absorber el alza en el precio de paridad de importación. El planteamiento, no obstante, lo rechaza y recuerda que, en una economía de mercado y dentro de un marco constitucional, el precio de un bien también incorpora los impuestos aprobados por el Poder Legislativo y promulgados por el Poder Ejecutivo. En el caso dominicano, menciona el impuesto específico previsto en la Ley 112-00 de Hidrocarburos y el impuesto ad valorem aprobado en la Ley 557-05, después elevado de 13% a 16% en la Ley 495-06.
Más allá de la definición técnica, el trasfondo abre una advertencia institucional sobre la política de combustibles: si el Estado conserva una carga impositiva alta y, al mismo tiempo, presenta como alivio mecanismos que dependen de transferencias fiscales, el Congreso, la sociedad civil y los órganos de fiscalización quedan llamados a pedir rendición de cuentas sobre el uso de esos recursos, el costo presupuestario de esa política y la brecha entre la narrativa oficial y el efecto real sobre los precios que paga la ciudadanía.
