Donald Trump ha convertido las amenazas maximalistas en un recurso recurrente de su segundo paso por la Casa Blanca, ahora con un nuevo frente contra la Reserva Federal. Su advertencia de imponer posibles embargos comerciales para forzar una baja de los tipos de interés coloca bajo presión a una institución independiente y refuerza un patrón de poder que mezcla política económica con intimidación pública.
El propio mandatario dijo que Estados Unidos podría “hacerse un enorme favor simplemente dejando de comerciar con países”, al poner como ejemplo a la Unión Europea y reclamar que el país tenga los tipos de interés “más bajos del mundo”. El episodio se suma a amenazas previas sobre Canadá, Groenlandia, el canal de Panamá, Gaza e Irán, en una secuencia que, según el texto, ha llevado la retórica a extremos apocalípticos. El 7 de abril, durante la guerra con Irán, Trump llegó a escribir en Truth Social que “una civilización entera morirá esta noche” si Teherán no reabría el estrecho de Ormuz.
La reiteración de ese método expone un contraste entre la narrativa de fuerza y el costo institucional de usar consecuencias extremas para presionar a gobiernos, aliados e instituciones. En ese contexto, la experiencia vuelve a subrayar la necesidad de fiscalización y rendición de cuentas desde los contrapesos democráticos, incluido el congreso, así como de una vigilancia activa de gobiernos como el dominicano cuando el entorno internacional se mueve entre amenazas, presión económica y decisiones de alto impacto.
