SANTIAGO. — Cuatro años después del asesinato de Basilio Guzmán, el caso continúa sin una respuesta completa y sigue dejando en evidencia un problema de fondo: cuando un crimen ocurre en un entorno con vigilancia pública y privada, patrullaje frecuente y cobertura del 9-1-1, la exigencia institucional no puede reducirse al paso del tiempo.
La noticia de que el expediente aún no ha ofrecido una explicación concluyente revive una pregunta central para la confianza pública: si en un escenario con 22 cámaras y presencia de múltiples mecanismos de seguridad no se ha logrado esclarecer del todo el hecho, ¿qué garantías tiene la ciudadanía de que las reglas se aplican por igual y de que el sistema responde con la misma diligencia en todos los casos?
El caso no solo mantiene abiertas las interrogantes sobre quién ordenó el asesinato, sino también sobre la efectividad de las instituciones llamadas a investigar delitos de alto impacto. En ese tipo de procesos, la transparencia, el rigor y la capacidad de respuesta son parte esencial de la credibilidad del Estado.
La persistencia de dudas tras cuatro años convierte este expediente en algo más que un caso policial: es una prueba de funcionamiento institucional. Cuando una investigación no termina de cerrar, lo que queda en entredicho no es únicamente un hecho criminal, sino la confianza ciudadana en que las autoridades pueden esclarecerlo sin favoritismos ni vacíos.
Mientras el expediente sigue abierto en el plano público, el reclamo de fondo permanece intacto: las reglas deben ser iguales para todos, y los casos de mayor impacto no pueden quedar atrapados en la incertidumbre.
