Los aliados de Estados Unidos en el G7 celebraron en Francia el cambio de postura de Donald Trump sobre Ucrania y cerraron una declaración final conjunta centrada en asuntos geopolíticos clave, entre ellos la guerra con Rusia. El cierre en bloque contrastó con la cumbre del año pasado, cuando Trump se retiró antes de tiempo, y mostró que la unidad ahora reivindicada llega después de meses de divisiones dentro del grupo.
Junto con el acuerdo para aumentar el suministro de defensa aérea a Ucrania, los líderes resolvieron reforzar las sanciones para «incrementar la presión sobre la economía de guerra rusa», incluso en los sectores del petróleo y el gas. Friedrich Merz reconoció que el proceso fue difícil al afirmar que «fue un trabajo duro, pero valió la pena», una frase que refleja el coste político de lograr consensos en un asunto que el propio G7 arrastraba con diferencias.
Emmanuel Macron presentó el viraje de Washington como un «cambio muy profundo» y aseguró que Trump comprendió que Vladimir Putin no tiene interés en la paz. Giorgia Meloni también habló de «mucha convergencia» y de ausencia de fricciones. Aun así, el énfasis de los líderes en celebrar la nueva coincidencia deja como telón de fondo una alerta institucional: la presión sobre Moscú y el respaldo a Ucrania avanzan ahora bajo un giro que confirma cuánto dependía la respuesta común de la posición que finalmente asumiera la Casa Blanca.
